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Democracia, política y participación

2010.02.04 (3:41 pm)

Alicia Suso   Parte Hartuz

No es nueva para casi nadie idea de crisis de la democracia, de la política y de la participación en nuestra sociedad. La actitud general de una gran parte de la ciudadanía hacia la política y las instituciones es negativa, oscila entre la indiferencia y el escepticismo, entre la ausencia de posicionamiento o confrontación, el aburrimiento, y la desconfianza, el recelo, la frustración.

Podríamos pensar entonces que es el tiempo de la sociedad civil organizada, de los movimientos sociales, de las asociaciones… y de las personas que están dispuestas a decir, proponer, construir algo distinto, de manera colectiva. Pero el asociacionismo y las formas tradicionales de participación no encuentran entre la gente una gran aceptación. Los motivos, muchos y diversos: un modelo de sociedad individualista, una política de fomento del asociacionismo prácticamente inexistente o poco adecuada, falta de autonomía económica en las propias asociaciones, problemas de democracia interna en las entidades, ausencia de sensación de excepcionalidad e algunos aspectos (violencia, imposibilidad de acceso a un empleo y a una vivienda digna…),… seguro que la lista podría ampliarse.

Podría ocurrir, que el supuesto rechazo a la política y la participación por parte de las personas jóvenes en particular y de la ciudadanía en general no sea tal, sino, más bien, un rechazo a un tipo de política y un tipo de participación poco adaptado a los nuevos tiempos. Podría ser, un rechazo que abriese el camino a nuevas formas de participación más abiertas, más flexibles, más transformadoras. Frente a la visión de decrecimiento, la de cambios en el modelo de participación.

Sería interesante indagar en esta idea (muchas personas ya lo están haciendo), impulsar formas de participación diferentes… sin renunciar a la capacidad transformadora, tan necesaria en los tiempos que corren. ¿Alguna idea?

Giza Eskubideen aldeko etika

2010.02.03 (11:36 am)

Iñigo Lamarca Iturbe, Arartekoa
Iñigo Lamarca, Arartekoa

Urteak eta urteak daramagu zenbait kontzepturen inguruan jira-bueltaka, eta dagoeneko ez dakit zorabiatuta ote gauden baina ziur nago bizitzan nahiz gizartekintzan aurrera egiteko beharrezkoak diren ideiei dagokienean berrikuntzarik ez dela egon aspaldi honetan, eta horrek desasosegua eta paralisia dakartza berarekin.

Bakea, indarkeria terrorista edo politikoa, normalizazio politikoa, gatazka politikoa… Konturatzen bagara politika edo politikoa dira euskal gizartearen edo herriaren arazo nagusienez jarduten dugunean gehien errepikatzen diren hitzak. Zalantzarik ez daukat politikak bere lekua izan behar duela aipatutako gaiei dagokienean baina badago horren gainetik, edo, hobeki esan, aurretik jarri beharko genukeen kontzeptu bat: giza eskubideen aldeko etika.

Tengo la impresión de que cuando mencionamos la palabra ética no sabemos bien de qué hablamos o de qué hablar. Es una palabra que suena bonita pero no sabemos dotarla de contenido, ni siquiera muchas veces de significado. Son cosas de filósofos o de curas –afirmarán muchos.

El fundamento principal de las democracias son los derechos humanos hasta el punto de que sin un sistema sólido de derechos humanos las democracias se vaciarían de contenido y devendrían en un mero nominalismo. Y para que los derechos humanos gocen de buena salud no basta con que el ordenamiento jurídico los proteja. Es imprescindible que contemos con un sistema eficaz de garantías y de protección, y que trabajemos permanentemente para fortalecer y alimentar una ética de respeto a los derechos humanos.

Dejemos las garantías para otro día para subrayar la importancia de la ética. Hablar de ética es hablar de valores, es decir de ideas, de actitudes y de comportamientos. Una ética a favor de lo que constituye el pilar principal de la democracia, los derechos humanos, implica necesariamente situar el respeto al derecho a la vida, a la libertad, a la dignidad de la persona humana, a la integridad física y moral etc. como el valor fundamental de nuestro pensamiento y de nuestro comportamieno; también, por consiguiente, de nuestras relaciones, de nuestro quehacer diario, de la convivencia, de la acción política…Y, por tanto, deberíamos considerarla como premisa necesaria e ineludible del debate en torno a las grandes cuestiones a las que aludía al principio de este comentario.